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martes, 9 de marzo de 2010

NOTA PUBLICADA EN NEWSWEEK

Lágrimas en Machu Pichu




LINK: http://www.elargentino.com/nota-76122-Lagrimas-en-Machu-Pichu.html

Por Michelle Wejcman
Lágrimas en Machu Pichu
03-02-2010 /

Tardé dos días en poder escribir algo sobre lo ocurrido, no sin antes derramar unas cuantas lágrimas sobre el anotador, aquel que casi dejo en el hostel de Cusco, pero decidí llevar conmigo al Camino del Inca y que terminó donando sus hojas para constatar en ellas las listas de turistas, guías y porteadores varados en Machu Pichu tras las lluvias que inundaron todo la zona. Emprendí el camino el 23 de enero junto a otros 12 argentinos que soñaban, como yo, con conocer la magia de los Incas. Ninguno se imaginaba que el Machu Pichu ansiado no provocaría absolutamente nada en nosotros, más que ganas de volver a casa.



Los dos primeros días pasaron tal como lo había imaginado. Paisajes alucinantes admirados entre la falta de aire, el cansancio y algunas nauseas. El tercer día, me habían contado, es el más lindo, el más largo y el más tranquilo. Con esa ilusión caminé cada paso, sacando fotos y cantando con mi grupo. Durante la tarde recibimos la noticia de la inundación, que luego me enteraría que para ese entonces ya era una noticia vieja. Esa noche nuestro guía nos tranquilizó, dijo que en la montaña estábamos a salvo. Me fui a dormir a las 22. Llovía, pero no importaba. Fue la única noche que pude dormir profundamente, luego de coser la carpa para que no entrara agua. Un ruido me despertó. Le siguieron dos gritos de mujer. Me senté en la carpa y escuché que “todo estaba bien”, que sólo se había caído una carpa. “Qué exageradas”, pensé, y seguí durmiendo. Dos horas más tarde los porteadores nos despertaron: esta vez, sin el mate de coca que suelen acercar a las carpas.

Algo había pasado. Discutí con mi novio porque no alumbrara donde yo necesitaba, o porque no encontraba una remera. Salimos. A los pocos metros, descubrimos que el lugar donde estaba nuestra carpa comedor, donde también dormían nuestros porteadores, se había derrumbado. Las caras de pánico se apoderaron de todos. Fui al baño con amigas de mi grupo y al salir, una chica nos contó lo ocurrido: “Hubo un derrumbe y las piedras derribaron tres carpas de mi campamento. Hay chicos heridos y una chica no lo logró”. “No lo logró”, dijo. Alguien comentó que se llamaba Lucía. Ramalló Sarlo era su apellido, me enteré después.

Quedé paralizada. Descompuesta, mareada. Nos abrazamos entre todos. Los guías trataban de tranquilizarnos pero se les notaba el miedo a ellos también. Una amiga me invitó a rezar, y yo, poco creyente, acepté. Debíamos caminar casi dos horas, por un camino en peligro de derrumbe, hasta llegar a la Puerta del Sol, donde estaríamos a salvo. Era el camino más seguro pero otra vez, una piedra se llevó otra vida. La de un guía, un verdadero héroe que recibió el golpe para salvar a una turista. No pude entenderlo: mi cabeza no quiso enterarse y seguí caminando.

La Puerta del Sol, la entrada a la ciudad sagrada de los Incas, abrió la puerta a las lágrimas. Hubo alguna que otra foto con caras de horror. Desde allí veíamos Machu Pichu, pero sólo queríamos salir. Tras un intento de paseo por el santuario que para mí sólo significaba más y más piedras asesinas, nos quedarnos en la terraza del hotel Sanctuary Lodge: nuestro refugio durante tres días. Éramos unos 700.

Comprobé que es verdad que en situaciones extremas es donde sale lo peor y lo mejor de las personas. Esa convivencia forzada tuvo de todo: solidaridad y compañerismo, chistes inoportunos e irrespetuosos, robos de shampoo y comentarios superficiales. Algunos quisieron ser los primeros en anotarse en las listas y repetir la comida. Otros se servían sólo lo que iban a comer. También son claras las diferentes reacciones. Están los fuertes, los que toman decisiones y sirven de sostén al grupo; los que hacen de todo un chiste y viven “como si nada”; y los que no podemos, los que necesitamos llorar lo ocurrido para seguir. Pero lo superamos. Nos unimos. Pudimos organizarnos: no nos quedaba otra.

Ese primer día que pasamos en el Sanctuary Lodge, sólo se escuchaban llantos, preguntas, dudas. A medida que pasaron las horas, ya más tranquilos y con la seguridad de un techo y comida caliente, las cartas y los juegos ayudaron a pasar el tiempo. Pero a cada rato volvía el tema: “¿Por qué no hay un médico que acompañe a los grupos?”; “No es necesario, si nunca pasó nada. El médico se hubiera pasado años sin trabajar”. “¿Culpamos a la empresa?”. “No son responsables, nadie podía prever algo así”. Es cierto, nadie se lo esperaba, pero el 23, día en que iniciamos la travesía, Cusco amaneció inundada. En el micro, yendo a Ollaytantambo, desde donde arranca el recorrido, los guías miraban al río Urubamba asombrados: nunca lo habían visto así de furioso. El 24 ya no funcionaban los trenes. Nosotros seguíamos, sin saber nada. “Haku haku” -“vamos, vamos”, en quechua- nos gritábamos entre nosotros.

“La Pacha Mama se lleva vidas humanas como sacrificio. Ella nos da, le damos y luego nos devuelve”, dijo mí guía, minutos después de que su amigo dejara su vida en la montaña. En medio de la lluvia feroz y la tragedia, el sol se abrió entre las nubes. Llegaron os micros y los helicópteros y dejamos de ser refugiados.

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lunes, 26 de enero de 2009

SOBRE HÉROES SIN TUMBAS

HOMENAJE A 29 JÓVENES DESAPARECIDOS EN UNA ESCUELA DE BANFIELD
Sobre héroes sin tumbas

"¿Qué hay que hacer para mañana?", pregunta Sergio Cotter apoyado sobre la reja verde del patio de la Escuela Normal Antonio Mentruyt (ENAM) sobre la calle Las Heras, en Banfield, mientras Silvia Streger y Norma Cerrota fuman un cigarrillo a escondidas en el vestuario y Osvaldo Plaul se compra un alfajor. "El viernes es el cumpleaños de Stmana", le comenta Victor Galuz a Beatriz Le Fur, mientras esperan el sonido de la campana para salir al recreo.
La situación descripta, hoy sólo puede ser producto de la imaginación. Ninguna de estas voces se escucha porque fueron acalladas. Ningún cumpleaños se festejó, ningún sueño se cumplió porque los cuerpos de los ex estudiantes nunca aparecieron y sus rostros fueron robados. Todos quedaron libres y la carpeta de asistencias llena de ausentes al lado de sus nombres. Hoy, los 29 jóvenes desaparecidos son héroes sin tumbas.

La división "perdida".
A 30 años de la última dictadura militar, el ENAM, pudo por fin rendir homenaje a sus alumnos desaparecidos. Hace algunos años se había inaugurado una placa, pero las directoras a cargo nunca permitieron nada más hasta que la actual, Magdalena Taboada, presionada por la presencia de un inspector, aceptó que el acto recordatorio del 24 de marzo fuera en homenaje a los 29 alumnos que se llevó el terrorismo de Estado, que pertenecieron a distintas divisiones, pero fueron tantos como para formar una entera.
La idea surgió de un grupo de ex alumnos que comenzó a reunirse cada sábado, desde diciembre del año pasado para armar el acto, impulsados por el éxito de Memorias del Sur, un grupo que hizo un homenaje a los desaparecidos del Ateneo Israelita Argentino de Lomas de Zamora.
"Al principio teníamos 21 nombres, pero después fueron apareciendo otros y seguro que hay varios más", explica Mónica Streger, una de las organizadoras. Y no se confundió, porque dos días después del acto les llegó el dato del alumno número 30, Guillermo Savloff, a quien están viendo como incluir en el homenaje. Según una ex profesora de la institución, el joven egresó de Enam en 1945 y fue asesinado en enero de 1976.
El acto se llevó a cabo el jueves 23 de marzo, a las 9.30, en el patio de la escuela, ante cientos de personas, entre ellos Julio Bazán, periodista de Telenoche y egresado de la promoción 64, Gustavo Lerer, ex alumno quien lideró la lucha de los trabajadores del Hospital de niños Juan P. Garrahan, los músicos Marcelo San Juan e Ignacio Copani y Víctor De Gennaro, secretario general de la Central de los Trabajadores Argentinos, egresado de la promoción 65.
Afiches con la foto de una división con alumnos sin rostro cubrían toda la entrada del colegio. El gimnasio estaba repleto de carteles preparados por los alumnos, quienes al terminar 'la '"Ceremonia descubrieron un mural que pintaron con los nombres de los 29 homenajeados. Había una mesa con hojas en blanco, para que la gente pudiera expresarse y dejar sus mensajes y en una gran pantalla se proyectó un informe realizado por la producción de Telenoche, que Canal 13 había transmitido la semana anterior.
Un poco más tarde de lo previsto, una larga fila de alumnos ingresó marchando en medio de las sillas, dispuestas al frente y a los costados del escenario, con pancartas con las fotos de los ausentes. Un espectador frenó a unos de los chicos y le/preguntó su edad y el estudiante le contestó: "Deciséis". El hombre le comentó que el joven de la foto tenía su misma edad. El silencio se apoderó de la escena.
"No hay mejor forma de recordar y homenajear a los que dieron la vida luchando, que no dejar que esa lucha muera", dijeron tres chicas del centro de estudiantes en su discurso. También habló la directora, quien en medio de un abucheo general leyó un texto al que los alumnos y presentes tildaron de "hipócrita". Luego le llegó la hora a los miembros de la comisión organizadora que finalizaron su discurso con un fuerte y efusivo: "Nunca más terrorismo de Estado, nunca más indiferencia".
Pablo Geffner, hijo del homenjeado Mario Geffner, cantó tres temas de su autoría y los dedicó a los 30 mil detenidos desaparecidos. "Yo hacía canciones pero nunca creí que las iba a poder cantar en público. Memorias del Sur generó el ámbito para que lo haga. Ahora este acto también y ya vendrán otros. La gente antes no hablaba porque es un tema doloroso, en cambio así, uno no se involucra personalmente sino que se identifica en conjunto", explicó.
Se leyeron uno a uno los nombres de todos los alumnos de la división perdida y fueron seguidos por enérgicos gritos de "¡Presente!". El público también expresó su apoyo a las Madres de Plaza de Mayo, presentes en el acto, con el ya mítico canto de "Madres de la plaza, el pueblo las abraza". Luego se recitó "La mirada del poeta", de Juan Gelman y se retiró la bandera de ceremonia acompañada con fuertes aplausos, algo que se prohibió en un edicto militar durante la dictadura.
El periodista Julio Bazán destacó que la cantidad de muertos y desaparecidos "habla bien de lo que promovía la escuela. Hombres que no pensaban sólo en ellos mismos sino en los demás y lo llevaban a la acción".
Al finalizar, en el hall de entrada y mirando hacia el mural, alumnos, ex alumnos, familiares y amigos corearon en conjunto con las manos en alto el himno del ENAM. Sus ojos brillaban de emoción y no faltaron las lágrimas y los abrazos.
Hoy, 1200 alumnos estudian en las aulas del ENAM, entre las mismas paredes que vieron crecer a los chicos de la división "perdida", a su solidaridad, su compañerismo y su compromiso social.
Se repartieron rosas a todos los presentes, quienes espontáneamente)al retirarse, las fueron dejando junto a las fotos de esos 29 jóvenes que ya no están. Tal vez por la falta de tumbas donde nunca pudieron dejar flores ni hacer el correspondiente duelo.

La división "perdida" del ENAM

Evangelina Emilia Carreira (promoción 57)
Beatriz Mariana Quiroga (Promoción 58)
Guillermo Tamburini (Promoción 59)
Eduardo Streger (Promoción 62)
Osvaldo Plaul (Promoción 62)
Máximo Wettengel (Promoción 62)
Juan María Castro (Promoción 62)
José Pablo Ventura (Escuela primaria)
Miguel Ángel Butrón (Promoción 64)
Alicia Chihee (Promoción 64)
Alicia Dora Cerrota (Promoción 66)
Cristina Prósperi (Promoción 66)
Raúl Ceci (Promoción 67)
Hugo Oscar Rizzo (Promoción 68)
Norma Inés Cerrota (Promoción 68)
Susana Papic (Promoción 69)
Patricia Ronco (Promoción 69)
Sergio Cotter (Promoción 68)
Silvia Streger (Promoción 70)
Claudia Istueta (Promoción 70)
Julio César Montoto (Promoción 70)
Mario Geffner (Promoción 71)
Beatriz Le Fur (Promoción 71)
Mabel Femández Ochipinti (Promoción 72)
Víctor Galuz (Promoción 72)
Leonel Eduardo Zabúllete (Promoción 73)
Mrgarita Ercole (Promoción 76)
Rubén Gerenschtein (Promoción 77)
Mónica Tressaco (Promoción 77)
Guillermo Savloff (Promoción 45)

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MEMORIAS DEL SUR

A 30 AÑOS DE LA DICTADURA
Memorias del Sur: un homenaje a los desaparecidos

A Mario lo mataron el 4 de diciembre de 1975, durante un gobierno democrático, mientras pegaba unos carteles en una calle de Barracas. El 27 de mayo de 1976, a Judith, que daba clases en una villa, la agarraron en la calle y al "fiaco" lo fueron a buscar a su casa. A Daniel, Guyo, Silvia y Fino también los secuestraron en sus casas. Algunos de sus compañeros de un club de Lomas de Zamora y familiares se reencontraron después de 30 años para homenajearlos.

Mario Geffner había sido director de juventud del club Ateneo Israelita Argentino de Lomas dé Zamora y militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). En su velatorio, una mujer se acercó a sus familiares y dijo estar embarazada de él. Durante estos 30 años, Pablo, como llamaron a ese bebé, mantuvo una relación no del todo cercana con su abuela y sus tíos, pero a partir de un encuentro con amigos del club de su padre, pudo reconstruir su historia y reconoció: "Recién ahora empiezo a conocer a mi papá".
Era gente que no se veía hacía mucho tiempo y que al reencontrase y recordar viejas anécdotas, también recordó a las personas que no estaban ahí con ellos. Notaron la ausencia de siete personas, que habían sido parte de ese grupo y a las que el terrorismo de Estado de la última dictadura militar les robó la posibilidad de presenciar ese momento.
Siempre les hicieron falta sus amigos, pero recién después de estos 30 años pudieron hablar del tema y compartir sus sentimientos. Muchos lo habían charlado con sus hijos, o con conocidos que no tenían nada que ver con el club, pero nunca entre ellos, entre los que formaron parte de ese grupo.
Comenzaron a reunirse cada semana para hablar y buscar la maneta de homenajear y compartir con todo el que quisiera los recuerdos de sus amigos Mario Eduardo Gueffner, Rube'n Enrique (el Flaco) Gerenshtein, Silvia Streger, ludith Nina Golberg, Eduardo Miguel (Fino) Streger, Marcelo Gregorio Sember (Guyo) y Daniel Gluj.
Se pusieron un nombre: Memorias del Sur, en referencia a la zona que los unió, ya que hoy la mayoría vive en Capital y solo dos continúan en Lomas de Zamora.
Una tarea difícil y glorificante a la vez. "Fue algo totalmente reparatorio, lo hicimos para ellos pero también para nosotros", contó Mónica Streger, una de las organizadoras, hermana de los desaparecidos Silvia y Eduardo. Fue un largo camino hasta llegar al primer homenaje.
"Al principio quisimos abrirlo para los desaparecidos judíos de zona sur, 'pero decidimos hacerlo para nuestros amigos", explica Beatriz, otra de las integrantes.
Con la ayuda de una diseñadora gráfica, hija de uno de ellos, prepararon paneles
con fotos, cartas, poemas y textos que reconstruyen la historia de cada uno de los siete. Luego se leyeron varios discursos, todos muy emotivos y personales, lo que generó un clima muy especial.
Pablo Geffnef fue al acto acompañado por su esposa embarazada y le dedicó a su papá una canción que él compuso. "¿A quién llena de orgullo la muerte de su padre?", pregunta en la última estrofa del tema: "A mi sí”, respondió Pablo con la frente en alto y los ojos llenos de lágrimas.
Así se sucedieron los distintos discursos de amigos y familiares de los desaparecidos. Las palabras narraron anécdotas, describieron las esperanzas y los sueños de estos jóvenes, su solidaridad, sus valores.
Mónica y Beatriz cuentan que la mayoría de las familias aceptaron colaborar,;pero que a otros les costó más. "Muchos ni siquiera habían hablado con sus hijos", dice Beatriz, psicóloga, y explica que era por miedo que la gente reprimía sus sentimientos y se encerraba en sí misma. Mónica agrega: "Cada familia lo manejó
como pudo y se tomó sus tiempos". Cuenta que ella se refugió más en los organismos de derechos humanos que en su familia.
También confiesan que en la época de la dictadura se corrían muchos rumores en Lomas. El "por algo será", el "que Fulanito se metió porque el otro lo arrastró". Algunos de esos mitos siguen vigentes hoy en día, lo que llevó a que varias personas estuvieran en desacuerdo con el homenaje.
En el acto participó el músico Marcelo Moguilevsky, que al enterarse por un amigo, quiso colaborar. Al término del homenaje, se destapó una escultura en la entrada de la sede, donada por el escultor Roby Bemath, con los nombres de los siete.
Memorias del Sur inauguró una placa recordatoria en el cementerio de la colectividad de Lomas de Zamora y planea escribir un libro, abrir una página Web y difundir su proyecto por distintas escuelas con el fin de promover la memoria y de alguna manera, reivindicar la lucha de sus amigos y hermanos desaparecidos.

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viernes, 26 de septiembre de 2008

ESCAPAR PARA SOBREVIVIR

ARTÍCULO ESCRITO EN 2005

José Drutman es judío polaco y llegó a Argentina en 1950, a los 35 años. Su primer escape fue hacia la Unión Soviética cuando comenzó al Segunda Guerra Mundial. En 1945 fue movilizado al ejército polaco y al terminar la guerra fue a Italia por tres años. Un tío lo convenció de venir a Argentina, a donde entró ilegalmente desde paraguay.

Cuando nació, en 1915 en Polonia, jamás imaginó que estaría hoy en Argentina contando los vaivenes de su historia. En su casa, sobre una mesa con un mantel verde, como las de los casinos, Jose Drutman, con sus 91 años, relata orgulloso el largo camino que lo condujo hasta Buenos Aires. Los anteojos oscuros que tiene puestos no permiten ver si sus ojos se llenan de lágrimas o si parpadea, pero hay momentos en que su voz quebrada revela su emoción.
Nació el 27 de abril de 1915 en Varsovia, capital de Polonia. “Vivíamos en un departamento de clase media, no era nada lujoso”, describe José y explica que, en ese entonces, en la ciudad vivían muchos judíos, de todas las clases sociales, pero en su mayoría no tenían industrias importantes, casi todos eran sastres, zapateros o hacían carteras. Había muchos templos y los miembros de la colectividad se reconocían por la vestimenta ya que eran religiosos, llevaban sombreros y el pelo y la barba largos. “Casi todos vivían por la zona norte de Varsovia, era como es el barrio de Once acá”, comenta para acercar aquella época a la actual.
-¿Cómo estaba compuesta su familia?
-Éramos mis padres, tres hermanos y dos hermanas. Yo comencé a trabajar a los 15 años como metalúrgico, cuando termine el colegio primario, porque había que aportar a la casa ya que no alcanzaba el dinero. Mi padre trabajaba muy poco y mi mamá no porque éramos 5 hermanos y nos tenía que cuidar. En general, sólo las mujeres sin hijos trabajaban, eran modistas de talleres, hacían de tejido de punto, esas cosas y las más jóvenes eran niñeras o trabajaban en algún negocio.
José agrega que estudiaba Biblia y tradición, iba semanalmente al shil (templo) y festejaba todas las fiestas religiosas. “Ahora solo respeto las fiestas más importantes, Iom Kipur (el día del perdón) y Rosh Ha Shana (año nuevo)”, se lamenta José, a quien pertenecer al pueblo judío lo marcó de por vida.
-¿Por qué decidió irse de Polonia?
-Todo empezó cuando en 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial. En realidad, mi hermana ya había emigrado a París en el 37, tenía allá a su esposo y ya se sentía el antisemitismo tanto dentro como fuera de Polonia. Como mi hermana intuía que se venían tiempos difíciles, nos dijo a mí y a mis hermanos que nos escapáramos. En París había una exposición mundial y permitían ir a turistas, pero al término, tenían que volver a sus países. Mi hermana consiguió, con ayuda de un amigo, que mi hermano se fuera a Londres, donde estuvo cinco años en el ejército ingles.
José también se escapó, pero a Rusia. Con las imágenes de los hechos presentes en su cabeza como si hubieran ocurrido ayer, describe paso a paso como fue su viaje por el mundo. “Fue un día a las 6 de la mañana, después de que me detuvieron, me hicieron trabajar forzadamente y me pegaron, aproveché que estaba cerca de la frontera con Rusia y pasé con cuatro compañeros. Todos los jóvenes que podían se escapaban”, explica. “Fuimos a un pueblo a un kilómetro de la frontera y allá nos detuvieron los ferroviarios alemanes. Nos dejaron hasta la madrugada sin comer, nos pegaron de una manera terrible, por cualquier cosa, y nos hicieron trabajar”, relata José… pero de pronto se frena. Luego de unos instantes de silencio, levanta la cabeza, como anunciando que lo que iba contar era importante, y continúa con su historia: “Estábamos en el medio del bosque, era todo oscuro y hacía frío. De pronto uno de ellos sacó una pistola empezó a disparar hacia el cielo. Dijo que si en 5 minutos no so íbamos, nos mataba a todos. Tenía miedo, no sabía que hacer”, reconoce.
-¿A dónde fueron luego?
-A una zona neutral, pero no era fácil entrar, había gente que estaba esperando hacía días. Después de un tiempo, no se cuánto, un comandante ruso abrió el portón y nos dejo pasar. Ahí empezamos la lucha; en la primera ciudad a la que fuimos no teníamos donde dormir ni que comer, estábamos en la calle y a veces nos daban algo de sopa. Un día salieron avisos para anotarse en unas listas para ir a trabajar a Bielorrusia. Hicimos cola toda la noche, imagínese que toda la gente quería anotarse. Me anoté y fui para allá, había poco trabajo, era un pueblo chico. De ahí, fui a Minsk, que era la capital, donde trabajé en una fábrica de carteras y valijas. Pero cuando estalló la guerra me tuve que ir, porque al estar cerca de la frontera podían bombardear fácilmente.
-¿A dónde se escapó esta vez?
-Me tomé un tren que estaba lleno de gente, y fui hasta otra ciudad más lejana, donde había personas escapando de todas partes. Y ahí de nuevo las listas para ir a trabajar a Liberia o a Uzbekistán. Yo elegí Uzbekistán, pero no pude quedarme en la ciudad principal, estaba prohibido y si veían tu pasaporte, que era distinto al de los nativos, no te daban trabajo, porque creían que eras un espía. Durante ese tiempo me enfermé y estuve internado un tiempo. Había una epidemia a causa de la suciedad y las malas condiciones en se vivía, los hospitales e iglesias estaban llenos de enfermos que morían unos tras otros, a la par de la guerra. Cuando me curé, en los primeros meses del 45, me movilizaron a Polonia a formar parte del ejército polaco. Nos llevaron, junto con otros soldados y sargentos, al crematorio de Maidanek, en Polonia. Ahí habían matado a un montón de gente en las cámaras de gas, fue muy duro.
Cuando terminó la guerra, lo liberaron del ejército y se escapó una vez más, ahora hacia Italia, donde se casó y pasó tres años. Pero la situación ahí también era difícil, vivía en hoteles y no tenía trabajo. “Los italianos nos recibieron muy bien, nos regalaban frutas; pero nosotros no queríamos depender de la ayuda de los demás”, explica José.
-¿Por qué decidieron venir a Argentina?
-Un tío de mi señora, que estaba en Argentina, nos mandó a llamar, pero tuvimos que cruzar en barco hasta Río de Janeiro. De ahí fuimos a Paraguay, donde estuvimos 3 meses y cuando quisimos entrar a Argentina, nos detuvieron en Posadas por cuatro meses. Finalmente ingresamos al país en unas lanchas, tardamos como ocho horas, había gente que esperaba a los inmigrantes y les cobrara para cruzarlos.
-¿Que pertenencias llevaba consigo de lugar en lugar?
-Sólo lo que tenía encima, había que empezar siempre de cero, sin nada.
Cuando llegó a Argentina, le gustó el país. “Argentina no tenía la culpa de lo que me había tocado vivir”, reflexiona. Se instaló con su tío, empezó a conocer gente y aprendió el idioma fácilmente, ya que dice tener “muy buena memoria”. Después de nueve meses, fue con su esposa e hijos a un departamento cerca del negocio de metales de su tío, donde trabajaba. “La primera casa que alquilamos era una tragedia y logramos pagarla porque teníamos pensionados. Después de un tiempo, me encontré con un amigo que había conocido en Río de Janeiro y empezamos a exportar lana a Brasil, así logré alquilar mi primer coche”, cuenta orgulloso.
-¿Cree que era más fácil progresar antes que ahora?
-Si, ahora es todo mucho más difícil. Aunque en esa época yo tuve que hacer todo ilegalmente, porque no pude regularizar la documentación apenas entré, ya que te solicitaban los datos del barco en el que habías ingresado al país, y yo había entrado en negro.
Así luchó toda su vida hasta que se jubiló, dos años después de que su mujer enfermara. “Yo quería estar con ella, y estaba solo con el negocio, así que me jubilé. Ella estuvo enferma 20 años y falleció en el 88”, cuenta con los ojos llenos de lágrimas y agradece por la entrevista ya que le “encanta contar lo que vivió”.

LAS PARADAS DEL CAMINO

-José Drutman nació en Varsovia, Polonia en 1915. Tenía dos hermanas y dos hermanos y trabajaba de metalúrgico para ayudar en su hogar
-Se escapó a la Unión Soviética en 1939, cuando comenzó la segunda Guerra Mundial
-Viajó a Bielorrusia a trabajar en Minsk en una fábrica de carteras y valijas
-Se escapó hacia otra ciudad
-Se anotó para viajar a trabajar a Uzbekistán
-Se enfermó y estuvo internado durante varias semanas
-En los primeros meses del 45, fue movilizado para formar parte del Ejército polaco. Lo mandaron al campo de exterminio de Maidanek
-Cuando terminó al guerra, en 1945, lo liberaron de ejército y escapó a Italia
-Se casó
-Cruzó el océano hasta Río de Janeiro
-Estuvo en Paraguay unos meses
-Lo detuvieron en Posadas, cuando intentaba ingresar a Argentina
-En 1950, por fin pudo entrar ilegalmente al país, en una lancha

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